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martes, 27 de mayo de 2008

El libro de la vida

—Ha pasado mucho tiempo desde que nos bañamos en Sandfor Lasher —dijo Durrance.
—Y desde que nos helamos, por Pascua de Resurrección, en la garganta nevada de Great End.
Ambos hombres tenían el presentimiento de que en aquella mañana se había acabado un capítulo del libro de su vida y, como el volumen había sido de agradable lectura y no sabían si los sucesivos se mantendrían al mismo nivel, estaban hojeando retrospectivamente las páginas antes de cerrarlo de un modo definitivo.
—Cuando regreses, Juan, tendrás que venir a pasar una temporada con nosotros.


(Alfred E. W. Mason, Las cuatro plumas)

sábado, 10 de mayo de 2008

El corazón es el campo de batalla

Siempre quedan aquellos que asumen la responsabilidad de defender a Dios, como si la Realidad Suprema, el marco sustentador de la existencia, fuera algo endeble y desamparado. Estas personas son las que ven a las viudas deformadas por la lepra que piden unas cuantas monedas y pasan de largo, que ven a los niños harapientos que viven en la calle y pasan de largo. Piensan: "todo va bien". Pero si perciben un desprecio hacia Dios, eso ya es harina de otro costal. Enfurecen, se ponen rojos, respiran agitadamente, farfullan de indignación. Su determinación es aterradora.
Esta gente no se da cuenta de que tienen que defender a Dios en el interior, no en el exterior. Debería dirigir su furia a sí mismos. Pues el mal que anda suelto es el mal que ellos mismos han sembrado desde su interior. El campo de batalla principal del bien no es el espacio abierto de una arena pública, sino el pequeño claro que hay en el corazón de cada uno.
(Yann Martel, Vida de Pi)

sábado, 8 de marzo de 2008

El Miño, ese río tan formalito

―Esos Retén, mejor dicho, esa Maragota, porque el tal don Ángel ni pincha ni corta en su casa, no te son gente buena.
―¡Qué error! Precisamente Jacinta, tan humilde, tan insignificante…
―Pues por insignificante, sencilla y suave. Mira el Miño. Parece un río tan formalito, que, ocupado sólo en llegar pronto al mar, no se mete con nadie… Bueno, pues todos los años, calladamente, inocentemente, en los meandros que parecen más inofensivos, se traga unas cuantas vidas. ¡Ponte en guardia, rapaz!
(A. Pérez Lugín, La casa de la Troya)

sábado, 1 de marzo de 2008

Una vida con final feliz

Os dejo un enlace un poco trabajoso pero que vale la pena. Es un vídeo publicitario en inglés realizado por la una organización católica (Catholics come home de Phoenix, USA), que anima a los católicos “abandonadillos” a volver a la práctica religiosa. Se titula Movie porque te propone considerar tu vida como una película y tomarse un poco de empeño en que acabe bien. Lo tenéis aquí.
Me acordé, al verlo, de lo que le oí al padre de Fede en la boda de su hijo: “los finales felices son difíciles”. Es verdad que a veces la vida ha dado tantas vueltas que es realmente trabajoso cerrarla bien, pero cuanto peor está la situación en una historia, más eufórico es ese final feliz. Los finales felices difíciles son los más felices.

viernes, 22 de febrero de 2008

La vida como un recital de violín

La vida —escribió un amigo mío— es un recital público de violín en el cual uno va aprendiendo a tocar el instrumento mientras va interpretando.
(E. M. Foster. Una habitación con vistas)

lunes, 11 de febrero de 2008

Habladurías

Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Su palabra, conversación en la sala, habladuría en la antecámara, es como esas chimeneas que consumen pronto la leña: necesitan mucho combustible, y el combustible es el prójimo.
(Victor Hugo. Los miserables)

viernes, 18 de enero de 2008

La fe y la cuerda

Cuando leí La isla de coral me llevé una sorpresa ante esta imagen de las creencias como una cuerda que se pone a prueba en las crisis, porque me sonaba haberla leído en C. S. Lewis.
He oído a los hombres hablar de creer como si fuera una cosa fácil. ¡Ay! A un hombre le es muy fácil señalar una cuerda y decir: “Creo que resistirá mi peso”, pero es muy distinto agarrarse a esa cuerda y balancearse con ella al borde del precipicio. (Robert Michael Ballantyne. La isla de coral.)
Hace unos días me encontré con una ficha antigua de Una pena en observación (libro magistral, por cierto) donde ser recogía esta metáfora:
Nunca sabe uno hasta qué punto cree en algo, mientras su verdad o su falsedad no se convierten en un asunto de vida o muerte. Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando solamente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido en un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella. (…) Solamente un riesgo real atestigua la realidad de una creencia. (C. S. Lewis. Una pena en observación.)
Mi cabecita ha descansado satisfecha al unir estas dos fichas, como si hubiera encajado dos piezas de un puzle.

domingo, 16 de diciembre de 2007

La vida como un cartón de huevos

No sé por qué nos engañamos creyendo que la vida es previsible y segura, cuando en realidad no es más que un cartón de huevos: uno siempre tropieza y se queda a un paso de convertirla en una tortilla.
(Richard Paul Evans. El carrusel)

martes, 2 de octubre de 2007

El verso de la vida.

Las palabras de Madeleine L'Engle que cité hace unos días (aquí) me evocaron una escena de Dead Poets Society. Casi al principio de la película, Keating intenta ilusionar a sus alumnos con un poema de Walt Whitman (en inglés aquí) que termina con aquello de: "that the powerful play goes on / and you may contribute a verse."



A mí siempre me han atraído las metáforas literarias sobre la vida: la vida como un libro, como una obra de teatro, como un poema.
Para Whitman cada vida humana es como un verso del largo poema de la humanidad.

Un verso es mucho y es poco también. El individuo es responsable de su propio verso pero carece de influencia sobre el conjunto de la obra: cada verso es libre y tiene un autor distinto. Esto podría invitar al desánimo: para qué esforzarse en el resultado del propio verso si se perderá en un mar de miles, millones de versos, escritos con desigual empeño y desigual acierto.

Para mí, lo que de verdad hace la vida valiosa es saber que mi verso interesa a Dios: “that the powerful play goes on / and God wants you to contribute a verse.” Ahí sí que veo una razón con fuerza para tratar de escribir el mejor verso posible.