sábado, 19 de diciembre de 2009

Turismo "franciscano"



Antes de proceder al desarrollo de mi teoría, debo reconocer públicamente que en mi familia próxima no hay nadie aficionado a la fotografía (al menos, que me conste); debo confesar también que se nos pasan antológicas reuniones familiares sin que nadie eche en falta una cámara y recuerdo, incluso, que en cierta ocasión compramos una desechable en una gasolinera para algo muy concreto y, en el momento de la verdad, nos la dejamos olvidada en la guantera del coche.


Además, no somos excesivamente fotogénicos ninguno. Y es probable que eso también influya.


Consecuencia de todo lo dicho: la cámara no forma parte de mi "pack de excursionista". Y la cámara de mi móvil está de más: he debido hacer con ella diez o doce fotos, la mayoría para aprender.


Cuando llego a un sitio impresionante no pienso en fotografías; cuando, por ejemplo, pasa el Papa a tres metros de distancia (como me sucedió en octubre) ni se me pasa por la cabeza hacerle una foto. Más aún: me parece un ridículo absurdo el disparate de cámaras que tratan de retener los momentos fugaces.


Pero lo cierto es que "la gente normal" (la mayoría) tiene el móvil o la cámara preparada, como el revólver de un pistolero, para llevarse un recuerdo de todo lo que ve. Así que el turismo a la antigua, sin hacer fotografías, es algo extraño, casi prehistórico, una especie de actitud franciscana rayana en el heroísmo.


Este complejo de rara avis me ha llevado a desarrollar una teoría sobre las dos consecuencias más evidentes que se derivan del turismo franciscano que practico (el cual, insisto, en mi caso es connatural y no una conquista ascética): por un lado, un desprendimiento del mundo por el que se respeta la realidad sin pretender tomar posesión de ella, una actitud que es como la de aquel naturalista que no colecciona especímenes: los ve, los aprecia, los respeta, los deja seguir viviendo donde están. Por otro lado, se paladea también la dimensión temporal, histórica, de la persona. Me explico: se deja que las cosas pasen, sin pretender detener el tiempo, sin "inmortalizar" el momento. La fotografía, en mi modesta opinión, sacrifica el presente al convertirlo en material para, en el futuro, poder recordar el pasado.

[Caso extremo y patológico: durante mi reciente viaje de estudios a Italia con alumnos, me decía uno que, desafiando la prohibición de hacer fotografías, había puesto su cámara en "modo ráfaga" y había logrado obtener 450 fotografías de la Capilla Sixtina. ¡450, oiga! ¡Qué pasada!]

1 comentario:

Embajador en el Infierno dijo...

Que tengas una feliz y santa Navidad, Alfonso.